Fragmentos: Carta Blanca

octubre 28, 2011 .

Bond apoyó la mano sobre la Walther, que se alojaba en la funda de cuero D. M. Bullard, y subió al asiento trasero del coche patrulla. Reparó en una lata vacía tirada en el suelo. Uno de sus camaradas había disfrutado de una cerveza Jelen Pivo mientras Bond se dedicava a vigilar. La insubordinación le molestaba menos que el descuido. El irlandés podía ponerse suspicaz si lo detenía un policía que oliera a cerveza. Bond creía que el ego y la codicia de los hombres podían ser útiles, pero la incompetencia suponía un peligro inútil e inexcusable.

Sacó el móvil. Parecía un iPhone, pero era un poco más grande y contaba con sistemas especiales de audio y video, así como otras prestaciones especiales. El aparato contenía múltiples teléfonos, uno de los cuales podía registrarse a nombre de la identidad falsa oficial o extraoficial de un agente, y disponía de cientos de aplicaciones operativas y programas de encriptación (Como el aparato había sido desarrollado por la Rama Q, había bastado un día para que una lumbrera de la oficina los bautizara "iQPhones").

A mitad del lógrebo pasaje llovieron sobre su cabeza guijarros y un chorro de tierra húmeda. Alzó la vista y vio, a unos dos metros de altura, que el techo del túnel estaba surcado de grietas. Parecía que una simple palmada lograría que se derrumbara sobre él.
No era un buen lugar para quedar enterrado vivo, reflexionó Bond.
Pero ¿Acaso existía alguno?, añadió después, con ironía.

Nkosi descolgó un teléfono que sonaba.
- Tengo un bonito coche para usted, comandante -dijo cuando colgó-. Un Subaru. Tracción en las cuatro ruedas.
Un Subaru, pensó Bond, escéptico. Un monovolumen de zona residencial.
- Gracias, suboficial -respondió no obstante, debido a la sonrisa radiante de Nkosi-. Ardo en deseos de conducirlo.
- Consume poca gasolina -dijo entusiasmado Nkosi.
- Estoy seguro de eso.

Carta Blanca
Jeffery Deaver
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