Fragmentos: Tormenta

abril 28, 2011 .

En cuanto acabé, bajé las escaleras. Casi nunca uso el ascensor, aunque estoy en un quinto piso. Como he dicho, no me gustan las máquinas. Siempre se estropean cuando las necesito.

Aparte de eso, si yo fuera alguien en esta ciudad que usa la magia para matar a dos personas a la vez y no quisiera que me pillaran, me aseguraría de deshacerme del único mago en ejercicio que tiene una iguala con el departamento de policía. Decidí que tenía más posibilidades por el hueco de la escalera que en los apretados límites del ascensor.

¿Soy un paranoico? Es probable. Pero el hecho de que seas un paranoico no significa que no haya un demonio invisible a punto de comerte la cara.

El coche ya estaba llegando al edificio de mi oficina. La puerta del coche aún no tenía el seguro puesto y yo no me había puesto el cinturón, por si acaso tenía que abrir la puerta y saltar. ¿A que soy precavido? Es debido a la inteligencia de los magos y a nuestra paranoia.

Que no se diga que Harry Dresden tiene miedo de un bicho muerto y disecado. Asqueroso o no, no iba a permitir que arruinara mi concentración. Así que lo cogí con el borde de la guía telefónica y lo puse en el segundo cajón de mi escritorio. Ojos que no ven, corazón que no siente. Y es que tengo un problema con las cosas horrorosas, muertas y venenosas. No lo puedo remediar.

Cujo me gruñó otra vez por el retrovisor y le sonreí. Con una sonrisa siempre se irrita más a una persona que con un insulto. O quizá es que la mía es muy molesta.

¿Alguna vez se te ha acercado un hombre de aspecto adusto, con una espada de unos diez kilómetros de largo en las manos, en mitad de la noche, bajo las estrellas, a orillas del lago Michigan? Si te ha pasado, busca ayuda profesional. Si no, créeme, acojona muchísimo.

Tuve el presentimiento de que en los próximos días, fuera donde fuera, él estaría allí, observándome. Era como ese gato enorme de los dibujos animados que espera fuera de la ratonera a que el ratoncito saque el hocico para atraparle con su gran zarpa. Cada vez me identificaba más con ese ratoncito.

–¿Estás desnuda? – le pregunté. Tardé un minuto en darme cuenta de lo que había dicho. Ups.

–¿Hola? – contestó una voz de niño pequeño.
–Hola -saludé-. Querría hablar con Mónica, por favor.
–¿Quién es?
Recordé que estaba trabajando para ella a escondidas y respondí:
–Un primo lejano, Harry, de Vermont.
–Vale -dijo el niño-. Espere.
Luego se puso a gritar sin bajar el micrófono del teléfono de la boca:
–¡Mamá! ¡Te llama tu primo Harry de Vermont, es una conferencia!
Críos, no puedes evitar quererlos. Me encantan los niños. Con un poco de sal y un chorrito de limón están buenísimos.

En tiempos de guerra cualquier hoyo es trinchera.

No quería ver lo que estaba pasando debajo de mí. En realidad, el fuego que consumía el techo era bastante bonito, con las olas de las llamas ondeando, rojas como las cerezas y naranjas como una puesta de sol. Estaba demasiado débil para intentar salir de aquel embrollo. Todo había resultado demasiado molesto y doloroso como para plantearme más. Me quedé observando las llamas, esperé y me di cuenta, por extraño que parezca, de que me estaba muriendo de hambre; lo que era normal, pues no había comido nada decente desde…, ¿el viernes? Sí, el viernes. Dicen que se te ocurren cosas raras cuando estás en las últimas.

Tormenta (The Dresden Files I)
Jim Butcher
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